HERBARIO LITERARIO: La amapola

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Amapola
 
-(voz mozárabe): Planta herbácea, de diversas familias: malváceas, bombáceas, bignociáceas, de tallos erizados de pelos patentes, con hojas muy recortadas, sépalos con cerdas espesas, y pétalos semicirculares (cuatro), arrugados en la prefloración, y de color rojo vivo en la flor abierta, con antenas de color violeta.
 
Crece en los sembrados, floreciendo en primavera y verano. El fruto es una cápsula llena de semillas. Tiene propiedades narcóticas, del tipo de la adormidera (opio), y sudoríferas; pero nulo poder tóxico.
 
 
Relato:
 
"¿Gallo o gallina?, ¿pollo o pollina?"
 
Los niños se entretienen en la senda que lleva hasta la era, detrás de las escuelas. El borde del sendero está cuajado de verdes matorrales, coronados de flores amarillas y violetas, en dos arcenes descuidados y anchos. A la derecha, está el mar dorado que sembró este año Joaquín, el de Josefa. El viento suave de la siesta ondea, en torbellinos, las espigas frescas. A la vera del camino, las pajas menudas se dispersan, ralas, como inquietas cabritas, (así las llama Joaquín cuando las siega). El trigo está granando en las espigas. Y el sol de este junio mediado engorda lentamente las inclinadas crestas.
 
El mar de trigo se deja invadir, aquí en la costa del sendero, por un cabo de tierra colorada, que corona de verde oscuro y de rojo sangriento una mata de vivas amapolas.
 
Los niños rodean el macizo y arrancan los botones peludos, que guardan en su cofre secretos arrugados. Una niña pellizca los sépalos de un brote gordo con sus deditos tiernos, que tiene salpicados de la leche que llora la ramita cortada. Y, sonriendo, le pregunta al chico que tiene a su derecha:
 
– ¿Gallo o gallina?, ¿pollo o pollina?
 
El muchacho calcula con sus ojos los días que le faltan a la amapola para abrirse, roja; observando cómo baila ahora en los dedos de su amiga. Y con un gesto de esfuerzo, mirando de soslayo: al cielo y a la niña; y mordiendo los lábios, le responde:
 
– ¡Gallina!
 
– ¡No!, ¡Gallo! – dice la niña, alegre y satisfecha. Y abre el botón, clavándole la uña en la barriga al "gallo", que se esparce, casi completamente colorado, en su manita blanca, con berrugas de barro salpicado.
 
– Ahora me toca a mí, – dice el chaval – ¡A ver si tú adivinas!: ¿Gallo o gallina?, ¿pollo o pollina?
 
La niña mira la yema que le enseña el muchacho, con la palma de la mano bien abierta. Y toca levemente con la yema de su dedo el peludo brote…
 
– ¡Eh, que no vale tocar! – se queja el chico, que aguanta, resignado.
 
– ¡Pollina, pollina! – dispara la niña, decidida.
 
El amigo abre el diminuto baul de las sorpresas. Y de su interior se van desdoblando cuatro arrugados pétalos blanquecinos.
 
– ¡Es pollina, es pollina! – dice la chica, celebrando el acierto, y rechinchando, abusadora, al chico.
 
– ¡No te jeringa!… Te dije que tocar no valía. – se defiende el chico, rezongando.
 
Detrás de la ventana de la escuela el maestro los mira, sonriendo. Abre del todo las hojas entreabiertas, y con una palmada, reclama a los chavales:
 
– Vamos, muchachos. Que la lección de História nos está esperando… 
  
(Alfredo/97)
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