¡CARRETES, CARRETES, CARRETES!

 

la verruga de Clinton

La verruga de Clinton

 

sm.lin me ha echado en cara que hace mucho tiempo que no hablo de La Seca. Pues, es verdad. No hablo, abiertamente. Pero pienso, abiertamente, y siempre, en mi pueblo, que es mi raiz. Lo que pasa es que ahora, claro, me ando por las ramas.
 
Voy a cumplir la penitencia por mi pecado de silencio. Y sin más os voy a contar – especialmente a sm.lin – un capítulo de una historia de La Seca. Sin andarme por las ramas, empiezo:
 
 
¡Carretes, Carretes, Carretes! 
 
  
Había en la familia y en el puebo una costumbre arraigada de poner el nombre de los hijos coincidente con los padres, o los abuelos. Sobre todo el del hijo varón primogénito. Si esto no se cumplía con el primer varón, por alguna razón inexplicable, la manía se trasladaba al segundo. Si los hijos hombres eran muchos, y se acababan los nombres del padre y de los abuelos, se recurría a los tíos, a los padrinos, al padre de la madrina… Había todo un recurso inagotable de tocayos.

El padre del muchacho se llamaba Cícero. Y así se llamaba el padrino del tal progenitor. Más atrás, nadie sabía. El chico era el segundo varón de la familia: dos hembras y dos hombres. Y el reparto del nombre le vino de perillas. De regalo de dieron el primer nombre del padre de la madrina: Santiago. Y estaba agradecido, porque se libró del nombre de ésta: Maruja. Se imaginaba a veces el magnífico pitorreo en la escuela, llamándose Marujo…

Era el chaval enclenque y algo mustio. Mal alimentado, a pesar de la leche en polvo americana de la escuela; y del queso de lata, amarillo y soso, que cada tarde comía en el recreo; y de las rebanadas de pan de hogaza de diez días que le guardaba la abuela, en casa; blancas de nata, sin hacer mantequlla; y rociadas de azucar. Cada dos por tres estaba enfermo, – o enfermizo – y quedaba casi siempre "esgalamiao" (1), como decía su abuelo. Y para colmo, tenía lombrices.

Cícero

hacía honor a su nombre. Aunque todos en el pueblo, para distinguirle del padre y del padrino, le llamaban Cicerín, o Cicerito. Y hasta Ciceruco. Hacía honor a su nombre porque tenía en la mismísima punta de la nariz una verruga. Él no lo sabía: un día se lo dijo el cura: ¿Sabías que Cicerón, el gran político latino, tenía también una verruga en la cara? Por eso le llamaron Cicerón. Porque su nombre propio era Marco Tulio. Cícero, en latín, significa garbanzo. Y aquel hombre tenía una verruga en la cara, tan grande como un garbanzo. Tú deberías estar orgulloso".

El muchachito no entendía el piropo del cura. Trabajo le costaba contestarle en la misa, en la que él hacía de monaguillo. Y más crudo lo tenía para largar de un tirón el dichoso "confiteor"… De todos modos, alguna ventaja sacaba de su nariz adornada con verruga. Cuando cargaba el tirachinas y lo ponía estirado desde la oreja, al lado del carrillo, y delante de los ojos, mirando al horizonte de cables donde descansaban los pardales o colgaban las jícaras, la verruga dichosa hacía de punto de mira. Y no fallaba nunca. La culera de los bombachos se tapaba de plumas, como un trofeo. Y el amarillo de azufre caido de las jícaras pintaba las yemitas de sus dedos.

Cicerín

se había acostumbrado al grano en la nariz. Y la gente del pueblo, también lo tenía dulcemente asumido. Excepto Manuel Carreras, que era un viejo cascarrabias que vivía al lado de la ermita, viniendo del camino que cruzaba el muchacho cada tarde, arreando las vacas, más allá de Entre-las-sebes, de la carretera y de la vía. Manuel era un hombre sesentón, parlanchín, burlador, quisquilloso, y más juguetón que un niño. Lo malo es que sus juegos y sus burlas se pasaban, a menudo, de castaño a oscuro. Sobre todo con los chavales, que en venganza le tenían cambiado el apellido. De Carreras derivaban a Carretes. Y esto a Manuel, que lo sabía, lo encendía de cólera. Normalmente, el viejo bromista no admitía las mismas monedas de propina.

Un día, – una tarde – venía Cicerito de su trabajo de pastor, cantando, calle arriba. Al llegar al casar de los gitanos, salío Manuel de su casa, y se plantó en la pontona que tapaba el reguero que viene de Entre-las-casas, por detrás de las cuadras donde guardan los pastores sus rebaños de merinas, en junio, cuando suben, ribera arriba, en busca de los pastos y el fescor de las montañas de La Tercia. La cara de Manuel estaba enteramente odiosa, a la cara del niño. Colorado, risueño, burlón; con un palo de urz entre los dientes; con un cigarrillo de cuarterón de ideales, encendido, que viajaba de los dedos manchados, como de monda de nuez, a los lábios carnosos, donde se quedaba colgado a menudo como una arracada, babeando saliva.

El chico enmudeció, al verlo. Manuel era a menudo cruel. Sobre todo con los niños. Miró a Cicerito, y le regaló una amenaza, adornada con un gesto de dientes y de dedos. Como si estuviera mordiendo una cuerda para apretar un atado, y como si estuviera arrancando una mata de garbanzos de la tierra.

-"Trae acá esa nariz, rapaz… que te arranco ahora mismo la verruga"

– dijo el viejo. Y masticó las "erres", adrede, como un insulto. El pobrecín del niño, se asustó más por el insulto que por el miedo físico. Cicerín arrastraba un defecto de dicción que le afectaba a las "erres". Era una torpeza insuperable. En las palabras, cambiaba la "erre" por la "de". Y así decía, -¡el pobre! -, pedo por perro, y disa por risa… Más de una vez Manuel Carreras le obligó a decir, seguido: "Debajo de un carro había un perro, vino otro perro y le mordió en el rabo", con el bien triste resultado para el chico.

Esta vez el rapaz se encoraginó, y explotó su cólera infantil hasta en la cara. Por vez primera se puso colorado. Y en la seguridad que le daba la distancia, y la protección de la esquina de la casa de Fatigas, el hojalatero, le devolvió a Manuel Carreras esta letanía:

– ¡¡¡Carretes, Carretes, Carretes… viejo Carretes!!!

Aquella tarde se desatascó para siempre la torpeza de Cicerito… Esta torpeza de la "erre" nunca más la tuvo.

 ("Historias de un monaguillo"/A.G.F.)

 
(1) "Esgalamiao", por esgalamiado, o Esgalamido, Esgalabiáu/ada: Emparenta con gálibo y cálibo, del ár. qalib:molde) adj. Desflaquecido, escualido.

gálibo:

Arco de hierro (a especie de molde) con la altura de túneles y puentes para comprobar si los vehículos pueden pasar por ellos: los camioneros deben estar atentos al gálibo.

amoldar:

Ajustar una cosa a un molde o a alguna forma conveniente: amoldó el sombrero a su cabeza; esta pieza no se amolda bien a la cerradura.
Ajustar la conducta de alguien a una pauta determinada: amoldó su horario al nuevo país; tuvo que amoldarse al nuevo maestro

……………………

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Una respuesta a ¡CARRETES, CARRETES, CARRETES!

  1. Alfredo dijo:

    A Cicerito parece que el bueno de Carretes , en su día le influyó en la pronunciación de la "RR", pero sigue pronunciando mal alguna sílaba, quizás a causa del ca-fe tantas veces tomado en la máquina del BBVA.
    En la Seca recuerdo no menos de 80 motes, apodos o sobrenombres, aunque en realidad tenían tanta inportancia que llegaron a suplantar ampliamente a los nombres de pila.
    Tambien recuerdo con mucha frecuencia frases y "dichos" de mi niñez, y me viene a la memoria en este momento una "tipo dardo" que me impactó mucho, y que le dijo One "cícero" ( o el tío One) desde la ventana de la cocina a Manía, la de Paciente, que pasaba por la calle con un rastrillo, y que recuerdo así: "¡Manía: si vieras la tu casa arder, a Paciente con otra mujer y en tu culo un avispero! ¿A donde acudirías primero? … A lo que Manía respondió "¡Demonio!, al culo!!!". Y sin mediar otra palabra, continuó calle abajo, sonriendo.
    Que tengan Vds. un buen día.
    sm.lin
     

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