LA SECA: EL BARRIO DE LOS VIEJOS.

 

 Te mando recuerdos de San Blas…Me dijo que para el día 3 escribas algo de la Seca en tu página…"

 smlin          

 

   

                    Nota

Voy a dedicar esta entrada a mis paisanos de La Seca.

           Y a San Blas,

de cuya procesión en su día grande es esta foto, de hace "algunos años"…     

        

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   One,Onaro  y Oneroso.

Al venir de los prados que quedaban en las afueras del pueblo, más allá de "Entre-Las-Sebes", había que desfilar, irremediablemente, delante de los tres viejos más socarrones del barrio de abajo, que aguardaban, sentados en los poyos de cepas, a las puertas contiguas de sus casas pegadas. Sobre todo los chicos, se preparaban para aguantar las bromas de los viejos, uno detrás de otro; o sus preguntas ingeniosas; o las frases de un doble sentido; o los refranes; o las adivinanzas… de One, Onaro y Oneroso.

El tío One

reposaba su cuerpo desgastado en el taburete de madero con tres patas de palo, acurrucado como un grajo aterido en las tardes frías del otoño leonés, amenazantes de nieves prematuras. Su cuerpo había mermado tanto con los años, que pasó de ser llamado por todos One, – nunca fue Onón, ni en sus años más mozos, es verdad – , a ser llamado Onico. Cedió en su cuerpo la masa muscular, y le creció el apelativo. Y le amumentó la chispa ingeniosa; y la memoria, sobre todo para "las cosas de antes". Y disparaba a todo quisque que se ponía a tiro de su lengua: historias de la guerra de Cuba, que sufrió; chistes procaces; aventuras de los que habían dido "a las Américas, y que volvieron por olvidarse el rastro"; y una retahila de refranes, acertijos y adivinanzas. Del dintel de la puerta de su casa colgaba, a punto de desclavarse, la hojalata pintada de azul, con ribetes de oro avejentado, y unas letras herrumbrosas, casi ilegibles, que un día habían pavoneado nítidamente "Seguros La Paternal". El zaguán de Onico era la casilla primera de "la oca". Y "de oca, a oca", en el mismo lado de la calle, la chanza y la humorada seguían en la celda del portal de Onaro.

El tío Onaro

tenía un cabezón descomunal. Todo claro, al aire; mondo y lirondo, como una pelota de billar. Las venas de las sienes le dibujaban dos ríos gemelos, serpenteantes; que se abultaban exagerádamente, como varices, al reirse. Has las cejas las tenía escasas, aclarando aún más sus enormes ojos azules, que amenazaban siempre una burla o un sarcasmo. Con los dedos encima de la cacha, disimulaba un temblor incontrolado, tableteando el ritmo acompasado y seco, y que hacía cortejo a un continuado canturreo. Onico emborrachaba con su labia fácil, y Onaro remachaba, a veces quédamente, la agudeza. Uno detrás del otro, eran temibles para los muchachos.

       

¡Qué distinto era Onaro de su hermano Oneroso!. Físicamente, Oneroso era más largo de estatura; más enjuto de cuerpp y de cara; más joven y ligero; más abierto y risueño. Hasta su casa era más diáfana, al sol del mediodía, con el vestigio del portalón de piedra derribado, que se abría a la calle; y la pequeña balaustrada de madera colgando encima del reguero. La cara de Oneroso siempre estaba despilfarrando la alegría, con gestos hilarantes. Y su talante festivo y bromista le acercaba a la gente, hasta el contacto físico; sobre todo con los guajes.

Era un asombro ver a Oneroso jugar con los chavales a la peonza, o a la garza; o al truque, con las chicas; o dar a la comba de las niñas, si fallaba en el salto y "le tocaba"… a pesar de ser manco. Muchos años atrás, un cartucho de dinamita le reventó en las manos una tarde, en el río, cuando quiso pescar demasiado deprisa. Aquella tarde, en la cesta repleta de peces atolondrados llevó a su casa una mano cortada por el antebrazo y cuatro medios-dedos de la otra mano. Mas Oneroso no se arredró por eso. Ni por nada. Y después de los años, él se las apañaba para todo con una maña sorprendente: en la casa, en el trabajo, en el juego. Sin perder el humor; siempre con ganas de chuflas y de gracias.

Solía llegarse Oneroso al grupo de chicos, en la plaza, con el pitillo de cuarterón pegado a su lábio inferior, siempre apagado por la baba; siempre bailando, como una arracada, al ritmo de sus risas. Y proponía a los muchachos:

– ¿Jugáis a "Quíen se ha cagao, que güele a pescao?.

Nunca esperaba la aprobación del mocerío, y se apostaba detrás del chico más abierto a la broma, y le decía:

Si, hombre: se trata de descubrir quíen es el más "pedorro" de todos los del corro, al tiempo que le dices al vecino "¿Quíen se ha cagao, que güele a pescao?. Tú por tú; que manda el Rey que has sido tú"… Venga, empiezas tú. Y le preguntas a este guaje…

El muchacho elegido para iniciar la broma se implicaba con el manco, mientras que el viejo se colocaba detrás del primer incauto, que aguardaba la pregunta, resignado.

– ¿Quíen se ha cagao, que güele a pescao?… Tú por tú; que manda el Rey que has sido tú.

Antes del terminar la frase, el chico que esperaba delante de Oneroso, se aguantaba la risa floja, con un gesto de miedo y de sorpresa, sin saber por dónde saldría esta vez el humor del viejo cascarrabias. Éste había metido la mano de muñones debajo del sobaco, disimuládamente, poniendo un gesto de despiste en su cara risueña, hablando y mirando a todos los del corro. De pronto, en la plaza sonaba un pedo clamoroso y soberbio. La cara del muchacho interrogado se ponía roja de vergüenza, entre las risas de todos.

– Yo no he sido, eh. Yo no he sido… – acertaba a mascullar el inocente.

– Ya sé, ya sé – decía Oneroso, que pasaba a colocarse a espaldas de un rapaz con los "pelos de cuete", a su derecha.

– Ya sabes: ¿Quíen se ha cagao; que güele a pescao…?,

– le animaba.

El chico de los pelos rebeldes aguantaba la mirada del primer ingenuo; y la expectación del resto de la banda de chicuelos, apretando las nalgas debajo de los bombachos, para asegurarse a sí mismo que no sería él el que ventoseara.

… Tú por tú; que manda el Rey…

Sin esperar a más, la plazuela se llenaba de otro pedo resonante. Y de más risotadas fragorosas, mirando todos al muchacho. Y éste a Oneroso.

– Yo tampoco he sido. De verdad…

– se quería explicar, inútilmente, el burlado.

– Ya lo sé. Tú tampoco eres el más pedorro del corro,

– decía Oneroso, serio, muy serio – Pregunta a tu vecino. Ya sabes…

Esta vez el vecino era un mozalbete rubio, con la cara lampiña y rubicunda, un cuerpo rollizo y rechoncho que a simple vista le echaba años encima, y una mirada imperturbable, casi pasota. Oneroso, con su mano mutilada debajo de la axila, le había elegido ganador. Después de la pregunta, el corro de chavales se quedó silencioso y expectante. Detrás de la culera del gordinflón, donde seguía Oneroso, simulante, se escuchó la ventosidad más soberana de la tarde. Y después las carcajadas de toda la placeta. Hasta en las casas…

¡Aquí tenéis al pedorro más pedorro de todo el corro!, – terminaba Oneroso, levantando la mano del impávido muchacho.

 

 Bombilla AGF/año 98 "Historias de un monaguillo"  Bombilla   

 Correo electrónico : 03.02.2009, hora 16.29.39 Correo electrónico 
  Amigo Alfredo:
 Esta mañana vi a San Blas en la procesión. Al pasar junta a mí me pareció que me sonrió y me guiñó un ojo….. Enseguida pensé: "esto es porque sabe que Alfredo se acordó de Él". San Blas estaba contento;  y yo, además, agradecido. Un abrazo.
smlin

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