Un fallo cardiaco acabó con la vida de Antonio Pereira

 
  Murió Pereira  
 

Como personas ("individuos de la especie humana"), disponemos de varias dimensiones: biológica, psíquica, social, histórica y espiritual. Y esas dimensiones, – algunas -, están cosidas a lo efímero de lo físico, en el tiempo y en el espacio. Sobre todo las dos primeras. La vida es la capacidad de existir en el tiempo y en el espacio, de sentir unipersonalmente y como ser social. Y de durar, – de perdurar, de pervivir -, en la historia común de las especies y en la trascendencia del espíritu. Hasta que llega la muerte.

Para definir biológicamente la muerte deberíamos partir de una definición de vida. Alquien ha dicho que "la vida es la dilación en la difusión o dispersión espontánea de la energía interna de las biomoléculas hacia otros microestados potenciales. Y así, la muerte, – la falta de la vida -, sería una llegada exacta ( lo contrario de dilación, que es retraso, demora…) a una estación o a un destino. Pero ya he dicho que tenemos otras dimensiones, que nos pueden trascender y hacernos dioses, aunque sea dioses mínimos. Y ese ha sido siempre el sueño de los hombres.

La muerte más común, y más médicamente socorrida, es "el fallo del corazón". "Murió por un fallo cardiaco", nos dicen a menudo. Y eso es sin duda lo que nos pasará a todos. Mas, decía mi padre, – un hombre sabio y socarrón -, que morirse era "enfriarsele a uno la boca". ¡Y qué razón tenía!… La boca es la ventana de la vida, por donde sale,- y entra -, el aliento, a bocanadas. Y el aliento es el espíritu que insufló un dios a un hombre, al traerlo a la vida; y es un baho caliente que viene del corazón ardiente y funcionante; y es la inefable neblina de una laguna estigia que cruzamos de paso. Pero la boca es la fuente de la palabra. El manantial somero, superficial, del verbo; y el verbo fue, ya se sabe, el principio de todo lo que existe. Y la palabra nos llevará al perdurar, al pervivir… del espíritu.

"¡Si tú no me olvidas, no moriré del todo!", exclamaba el poeta Angel González. Si tú me re-cuerdas, si te a-cuerdas de mí… que es taerme y llevarme en el corazón, y al corazón, no moriré del todo. No dejes que nunca, nunca, nunca se te enfríe la boca. Ni tu boca, ni mi boca.

Taza de café

 

 Pongo aquí mi re-cuerdo, y mi modesto homenaje a Don Antonio Pereira…

 EL PALOMAR

Bombilla

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