un día en el campo

 
    
 
 
¡¡¡Beatus ille…!!!
Amanecer en el pueblo y en el campo es como unirse de nuevo a la tierra; como enraizarse.
El alba viene cargada de sonidos suaves. El sol llega puntual por el saliente, más allá del soto, del río; y de los Payuelos, en lontananza.
En el corral de Manola el gallo mandón funciona como un rejoj exacto. El gallo manda y canta. Kikiricanta. Yo busco a mi perro, y le invito, silbando, a dar un paseo por el pueblo, por el monte cercano y por la ribera frondosa del río Esla. Él me ladra, y me jadea, para decirme que sí. Y nos vamos.
En la cuesta que lleva al cementerio las palomas de Modesta arrullan, con cierto cuidado para no despertar a los perezosos. Y las campanas del campanario llaman a la primera misa: a los vecinos de arriba, del barrio de San Miguel; y a los de abajo, de las casas viejas de Valdabasta.
Los pájaros cantan en una calculada algarabía. En las calles del pueblo, en los huertos, en mi jardín sombrío, y en el soto, camino del río. Allí en la ribera el bosque crece y se enreda. Y los pájaros enredan también sus cantos, hasta el borde del agua: serena, calma y dorada…
Y seguirán cantando, hasta la tarde. Hasta la noche. Mezclando sus cánticos con la monotonía de los grillos, y el lamento de los cárabos…
Arraigarse a la tierra: ¡qué gozosa calma!
 
 

  
 
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